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Hay un poema de Cavafis con un comienzo que llevo repitiéndome en estos odiseicos días: «Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca, pide que el camino sea largo». Ayer, el Banco Central Europeo pidió lo mismo, porque lo sensato es que el proceso sea, estructural, largo e, incluso, conlleve un nuevo aprendizaje sobre cómo funciona el dinero y la inflación hoy día. Los tipos de interés se mantienen y la vigilancia continúa. El camino, otra vez, se alarga y, de haber movimientos próximamente, serán subidas del precio del dinero.
La política monetaria importa, y mucho. Es de las pocas disciplinas colectivas que le quedan a una sociedad que ha ido perdiendo casi todas las demás. Subir tipos, o mantenerlos con el gesto adusto de quien no piensa ceder, es decir que el presente no se come el futuro sin pagarlo. Es importante proteger esta senda —mantener, y si hace falta, subir— frente a quienes piden alivio inmediato sin preguntarse quién pagará, y cuándo, la factura aplazada.
Ahora bien, se abre paso una realidad incómoda. Ese control ya no es lo que fue. Cada vez más economistas coinciden en algo perturbador: los bancos centrales dirigen menos de lo que aparentan. La deuda pública crece más rápido que la economía que la sostiene, y la política monetaria empieza a perseguir su propia sombra. Subir tipos encarece esa deuda; no subirlos, la devalúa por la vía discreta de la inflación. El instrumento sigue afilado. El terreno bajo sus pies se ha vuelto arena.
Tres décadas creyendo que un comité en Fráncfort podía calibrar, con la precisión de un reloj suizo, el pulso financiero de trescientos millones de personas. El reloj sigue funcionando. Ya no marca la hora con la exactitud que le atribuíamos en los años de la Gran Moderación. Y el debate técnico, sin que lo notemos, se convierte en un debate moral. Si el control es ya parcial, lo que de verdad protege no es la pericia del banquero central; es una virtud mucho más vieja, la disciplina de esperar. Se trata de una idea antigua y básica sobre la economía que hoy suena casi subversiva: el ahorro del presente es la única forma honesta de cuidar el futuro, y la impaciencia, disfrazada de urgencia, es la usura más cara de todas.
Esperar no es no hacer nada. Es la forma más difícil de la acción, la que nadie aplaude porque no se ve. Con la deuda pública ocurre lo mismo, sin necesidad de metáfora. Sostener el rigor ahora no es una postura moral. Es la aritmética elegida frente a la aritmética impuesta. La deuda fiscal no es cosa de bancos centrales, pero sí evitar seducirla. Provocarla para recoger los pedazos después.
Esperar para amar bien es la versión más antigua de esta misma disciplina, la que ya practicábamos antes de que existiera ningún banco central. San Pablo lo dijo hace dos mil años, con palabras que ningún informe trimestral ha igualado: «el amor es paciente, es bondadoso». Amar bien, como ahorrar bien, exige posponer la gratificación inmediata en nombre de algo que todavía no existe, pero ya merece cuidado. La disciplina monetaria y la afectiva comparten la certeza de que lo que no se precipita, dura. Ítaca importa menos como destino que como excusa para no llegar corriendo.
La lección de la jornada de ayer no es que el BCE haya acertado o se haya quedado corto en su cálculo. Es que ya no podemos delegar en Fráncfort la totalidad de nuestra disciplina, como quien delega en un reloj la responsabilidad de llegar a tiempo. El banco central pone el precio del dinero; nosotros, como sociedad, ponemos el precio de nuestra propia paciencia. Ese precio no lo fija ningún comité. Lo fija cada uno, con la vida entera que decide vivir mientras nuestro reloj más imperfecto y humano—la responsable voluntad— sigue corriendo, fiel solo a quienes todavía saben guardar algo para después.
Francisco Rodríguez Fernández es Catedrático de Economía en la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas
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